Atentados de Oslo

Cuando trabajé en ABC, como responsable de marketing y negocio, cada día en la redacción del diario más antiguo de España estaba rodeado de periodistas y claro algo siempre se pega. Con ellos aprendí o al menos puse mucho interés en aprender a contar historias.

En este articulo, publicado el día 22 de julio de 2014, contaba el atentado terrorista que vivimos en primera persona en Oslo, durante nuestras vacaciones de aquel año.

Este es el articulo completo que se publicó en la sección de internacional y que por el tráfico que obtuvo, permaneció en portada durante más de 15 horas. Espero que os guste.

Atentados de Oslo

Desde hace bastantes veranos intento celebrar mi cumpleaños en una ciudad distinta del mundo. Una forma certera de recordar para siempre dónde estuve ese 24 de julio y qué visité esa vez. Los recuerdo todos. De hecho, siempre dejo para tal día el lugar que más me apetece del país elegido. Casi nunca es la capital, donde sí comienzo la mayoría de los viajes. Aquel 2011 había planeado para mi aniversario una ruta por el fiordo Geirangerfjord y conocer Oslo durante los dos días previos.

Desde que llegué a la capital de Noruega la noche del 21 de julio, me pareció una ciudad muy interesante y con muchos contrastes respecto a Madrid. Al bajar del avión, me sorprendió el poco ruido y la tranquilidad que se respiraba, incluso en situaciones que uno casi da por supuesto que son ruidosas, tales como desplazar las maletas hasta los coches, pedir un taxi, hacer cola para coger billetes hasta el centro cuando te juntas más de cuatro vuelos a la vez… Pero allí no se escuchaba nada. De hecho no había filas, pero todo el mundo sabía en qué posición debía pedir su ticket, consultar su destino o entrar en el bus, aunque estuviera a punto de partir y todavía estuviera fuera quien pretendía cogerlo.

 

Oslo-Noruega-atentados

Oslo-Noruega-atentados

El colmo fue cuando unos napolitanos sacaron comida de la mochila. Una vez dentro del autocar, solo los italianos y españoles hablaban por el móvil. Nadie más elevaba el tono al dirigirse a la persona de al lado ni intentaba conversar con quien estaba cinco filas delante. El colmo fue cuando un grupo de napolitanos –sé de dónde eran porque estuve hablando con ellos antes de subir al bus– sacaron comida y bebida de sus mochilas. Nadie les increpó de malos modos. Una chica se acercó al conductor, que detuvo el vehículo y amablemente les pidió que dejaran de comer, que no estaba permitido a bordo. Primero en noruego, luego en inglés y, como no era capaz de comunicarse, en la tercera ocasión, pero sin alzar la voz ni gesticular, se lo indicó en italiano.

Me vino a la cabeza la película «Demolition Man», llamada «El Demoledor» en hispanoamérica, cuando despiertan a un temerario policía y un malvado sin ningún tipo de escrúpulos en el futuro, donde todo es perfecto e ideal, no se dicen palabras mal sonantes, todo es virtual (hasta el sexo) y todos son vegetarianos. Y las acciones de este villano para ellos son tan fuera de lugar, tan inexplicables, que deben recurrir al policía de métodos del pasado para hacerle frente y pararlo. Pensé entonces para mí qué sería de ese bus tan idílico, de esas «no colas» tan organizadas, de ese silencio tranquilizador y de esas ciudades tan limpias con un malvado llamado Simon Phoenix y encarnado por el actor Wesley Snipes.

 

Aquello pasó por mi cabeza dos días antes de que una explosión aturdiera el centro de Oslo y paralizara la ciudad por completo. El pánico, la inseguridad, la incertidumbre tomaron de golpe aquella ciudad que hasta entonces a mí se me había dibujado de ciencia ficción. A las 15.26 horas se produjo una enorme deflagración en el entorno de la oficina del primer ministro, Jens Stoltenberg. Un coche bomba que sacudió la zona gubernamental de la capital noruega.

Incluso en el instante posterior, cuando el humo podía verse desde cualquier punto de la ciudad, apenas hubo carreras, sirenas, gritos… La gente buscaba televisiones, radios, conexiones de internet para saber qué estaba ocurriendo cuando a menos de un kilómetro estaba la realidad, la horrible realidad.

Las primeras noticias, hacia Al Qaeda

Las dos primeras horas y media fueron para asimilar lo ocurrido. Los bomberos trabajaban en el lugar de la explosión, también había llegado la policía y un grupo de militares, cuando un murmullo empezó a extenderse entre las personas. Hablaban de un tiroteo en una isla cercana, al norte de la capital, ubicada en el lago Tyrifjorden y que tenía por nombre Isla de Utøya, totalmente desconocido para mí hasta ese momento. Un policía había disparado a cientos de personas, decían. Si el miedo había abrazado a la ciudad, ahora era el pánico el que cubría por completo Oslo. ¿Un policía nacional, un policía noruego había disparado a cientos de personas en la isla después de la bomba?

 

Oslo atentado

Oslo atentado

Durante largos minutos se escuchó de todo. Había bombas por toda la capital y por todo el país. Habían desactivado varias ya, no sólo en Utøya, también en Oslo y Bergen. Según «The New York Times», en su versión online, un grupo islamista era el responsable. También se hablaba de grupos anti sistema, grupos de extrema derecha: era el caos de la información. Unas noticias contradecían totalmente a las anteriores y el miedo continuaba por la posibilidad de que explotara una nueva bomba cerca de donde estábamos.

Decidimos volver al hotel para comunicarnos con nuestras familias y tranquilizarlas, decir que estábamos bien, salir de la calle y esperar novedades. Fue en la televisión de la recepción cuando vimos que las noticias hablaban de un detenido, sin mucha información. Solo más tarde empezaron los detalles. Se trataba de un empresario noruego de 32 años. Ninguna de las hipótesis o noticias publicadas hasta entonces resultó correcta. Toda la noche dieron avances, pusieron imágenes de la isla y del edificio pero aclararon poco más. El día posterior ya comenzaron a indicar la relación con la extrema derecha.

Una ciudad de luto

Al amanecer, la ciudad estaba de luto. La tristeza se reflejaba en el rostro de todas las personas que la víspera nos saludaron con una sonrisa. El camarero, el recepcionista. Todos estaban cabizbajos. Era la misma ciudad que el día anterior, pero el silencio esta vez no era idílico: era fúnebre. Habían fallecido 77 personas en total, 69 de ellas en la isla, muchos de ellos adolescentes, prácticamente niños. Hubo además centenares de heridos.

Queríamos ver la cara del presunto asesino con una escopetaLa prensa se amontonaba en los quioscos que no estaban abiertos, el pan aún estaba por meterse en el comercio que continuaba cerrado. Los repartidores habían hecho su trabajo pero las tiendas cercanas al centro no habían levantado sus persianas. Unas lo hicieron tarde, otras no lo harían ese día. Los noruegos leían los titulares pero no cogían el periódico que no podían pagar, no por no tener dinero sino por no estar el comerciante al que dárselo. Nosotros sí lo hicimos: alemanes, franceses, ingleses, italianos, españoles… cogíamos el periódico sin saber noruego solo por ver en portada la cara del presunto asesino con una escopeta de competición deportiva. Era la imagen de él más agresiva que habían encontrado. En otras primeras páginas aparecía con un polo rosa de manga corta y su peinado de niño rubio bueno.

A partir de ese momento y durante los diez días siguientes, en cada ciudad noruega encontramos las principales plazas cubiertas de flores y velas. Campanas a la hora de los asesinatos. Misas. Oslo se llenó también de policías, de militares, de cámaras de televisión, de banderas nacionales que ondeaban en todos los restaurantes, terrazas, plazas, balcones y hoteles.

En días posteriores hubo mucha autocrítica en Oslo sobre el comportamiento de la policía, las medidas de seguridad y la reacción a un inesperado atentado. Los agentes tardaron mucho en llegar a la isla, no cogieron la ruta más rápida y eso dio mucho tiempo al tirador. Parecía un punto de inflexión sobre la seguridad y confianza de la ciudad. De hecho, Oslo sí cambió esos días, físicamente era muy distinta a la que había conocido antes de la explosión, pero la gente se negó al cambio, demostrándole al asesino que no les vencería a pesar de las muertes.

 

Atentado en Oslo

Atentado en Oslo

Un loco no debe iniciar un cambioOslo es una ciudad del futuro, abierta, limpia, cultural, organizada, social. Lo que pasó fue por un perturbado, un loco, y un loco no debe iniciar un cambio, no debe ensuciar el espíritu de una sociedad ni de un país. El asesino (no pienso escribir más su nombre) ya tuvo publicidad durante semanas, no consiguió cambiar ningún pensamiento, no consiguió romper el sentimiento de acogida que tiene Noruega, de libertad y de paz. Esa es la sensación que me llevé de aquel viaje y que me confirman amigos y familiares que fueron después del atentado.

Noruega es un país impresionante no sólo por los fiordos, por la aurora boreal, por las casas de colores de Bergen o su gran capital, que ya merecerían un viaje. Lo mejor es la gente que allí vive, cómo te hacen sentir como en casa tanto en circunstancias normales como cuando vienen mal dadas. Fue el peor atentado que ha tenido Oslo desde la Segunda Guerra Mundial.

Comments are closed.